El poder del toque físico
Los psicólogos llevan mucho tiempo estudiando la comunicación no verbal, los tonos vocales y las expresiones faciales que transmiten emoción. Un tono de voz cálido y una mirada hostil tienen el mismo significado en Tokio o Tombuctú, y se encuentran entre docenas de señales que conforman un vocabulario humano universal.
Pero algunos investigadores han empezado, en años recientes, a enfocarse en un tipo diferente y con frecuencia más sutil de comunicación sin palabras: el contacto físico. Los contactos momentáneos, dicen, trátese de una mano sobre el hombro, o un inquietante toque en el brazo, pueden comunicar una gama incluso más amplia de emociones que los gestos o expresiones, y a veces lo hacen más rápida y acertadamente que las palabras.
Aplican ciencia a mentes en desarrollo
Durante gran parte del siglo pasado, los educadores y muchos científicos creían que los niños no podían aprender matemáticas, en absoluto, antes de los cinco años, ya que sus cerebros sencillamente no estaban preparados.
Pero investigaciones recientes han desafiado este supuesto, así como las creencias comunes sobre la geometría, lectura, lenguaje y el autocontrol en clase. Los hallazgos, en su mayoría de una rama de investigación llamada neurociencia cognitiva, están ayudando a aclarar cuándo los cerebros jóvenes son capaces de comprender conceptos fundamentales.
El absurdo, aliado del intelecto
En muchas ocasiones, la vida nos presenta situaciones absurdas, como salidas de un libro de Lewis Carroll. Experiencias que, en definitiva, violan toda lógica y expectativa.
El filósofo Soren Kierkegaard escribió que tales anomalías producían una profunda “sensación de absurdo” y no fue el único que las tomó en serio.
Ahora, un estudio sugiere que, paradójicamente, esta misma sensación puede ayudar al cerebro a advertir patrones que de otra manera no podría, en ecuaciones matemáticas, en el lenguaje, en el mundo en general.
“Estamos tan motivados a liberarnos de ese sentimiento que buscamos el significado, la coherencia en otra parte”, dijo Travis Proulx, investigador de la Universidad de California y autor del estudio publicado en la revista Psychological Science . “Estudiamos ese sentimiento en otro proyecto y pareció mejorar algunas formas de aprendizaje.”
Sonrojarse puede ser bueno para sus relaciones sociales
Sorojarse es mucho más que una demostración de vergüenza. Es una señal crucial en interacciones sociales, que con más frecuencia sirve para atenuar traiciones y errores que para agrandarlos.
En una serie de estudios recientes, psicólogos han descubierto que las mejillas enrojecidas suavizan la forma en la que otros juzgan un comportamiento inadecuado o torpe y ayudan a fortalecer vínculos sociales en lugar de hacerlos más tensos.
Mesa de bridge ayuda a tener vejez lúcida
Laguna Woods, California – Las señoras juegan bridge en la sala de juego y, a su edad, no es un simple hobby. Es un modo de vida, un consuelo y desafío diario.
“Es lo que nos da ánimo para seguir adelante”, dijo Georgia Scott, de 99 años. “Es dónde están nuestras amigas más íntimas”.
En los últimos años, varios científicos se han interesado en lo que se podría llamar un club de las súper memorias: menos de una de cada 200 personas que, como Scott, han vivido más de 90 años sin rastro alguno de demencia senil. Es un grupo que, por primera vez, es lo bastante grande para ayudar a los lnvestigadores a averiguar con exactitud qué es esencial para preservar la agudeza mental hasta el final.
Si no quiere que ocurra, trate de no pensar en ello… si puede
Tratar de reprimir un pensamiento incrementa las posibilidades de que éste regrese
Las visiones parecen provenir de las “cañerías” de nuestro cerebro durante los peores momentos posibles, durante entrevistas laborales, una primera cita, una importante cena de trabajo. ¿Qué pasaría si empiezo una guerra de comida con los hors- d´oeuvre o me río del tartamudeo del anfitrión?
“Ese simple pensamiento es suficiente -escribió Edgar Allan Poe en El demonio de la perversidad , ensayo acerca de impulsos indeseados-. “El impulso progresa a un querer; el simple querer, a deseo; el deseo, a un anhelo incontrolable.”
Agrega: “No hay pasión en la naturaleza tan demoníacamente impaciente como la de aquel que, tiritando al borde del precipicio, considera la idea de la caída, o la del que medita sobre la pregunta: «¿Estoy enfermo?»”.
En algunos pocos casos, la respuesta puede ser afirmativa. Pero la gran mayoría de las personas rara vez, si alguna, actúa a partir de estos impulsos. Y estas rudas fantasías de hecho reflejan la actividad de un cerebro sensible y socialmente normal, sostiene un trabajo publicado la semana última en la revista Science.
Buscando la verdad con pistas verbales
En cualquier interrogatorio, los oficiales de policía que investigan un crimen tienen que hacer una decisión sumamente difícil: ¿Está siendo honesta la persona que estoy entrevistando o relata una sarta de cuentos?
La respuesta es crucial, no sólo para identificar a sospechosos potenciales y testigos creíbles, sino también para el destino de la persona que es interrogada.
Los científicos forenses han empezado a poner a prueba técnicas que esperan que brindarán a oficiales, interrogadores y otros una especie de filtro de la verdad: un método mejorado para separar las historias falsas de las verdaderas.
La nueva labor se enfoca en lo que la gente dice, no en cómo se comporta.
Ya ha cambiado el trabajo policiaco en otros países, y algunas técnicas nuevas se abren paso a los interrogatorios en Estados Unidos.
¿Será cierto que recordar es vivir?
Los científicos averiguan cómo el cerebro escoge qué recordar y qué olvidar.
“Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria”, dice un viejo refrán. Efectivamente, la mayoría de la gente ocasionalmente se ve asediada por recuerdos de pérdidas, errores y tropiezos del pasado, que surgen desde las profundidades de la memoria y se abren paso para enturbiar los pensamientos
actuales.
¿No sería un alivio si simplemente pudiéramos borrar cada metida de pata penosa o, más seriamente, los verdaderos traumas, de nuestras mentes? Podria parecer tentador. Por otro lado, sin recuerdos, incluso los malos, ¿quiénes somos? Algunos artículos recientes en The New York Times exploran la naturaleza básica de los recuerdos, cómo cambian con el tiempo, cómo dan forma a la identidad, y cómo sería la vida sin ellos.
Niños maltratados sufren alteraciones cerebrales
Desde hace años, los psiquiatras saben que los niños que sufrieron maltrato o descuido corren un riesgo elevado de desarrollar posteriormente problemas mentales, que van desde la ansiedad y la depresión hasta la adicción y el suicidio.
El vínculo no es sorprendente, pero suscita una pregunta científica crucial: ¿El maltrato provoca cambios biológicos que pueden incrementar el riesgo de sufrir estos problemas?
Durante la última década, varios investigadores de la Universidad McGill, en Montreal, liderados por Michael Meaney, han demostrado que cuidados maternos afectuosos alteran la expresión de genes en los animales, lo que les permite moderar sus respuestas fisiológicas al estrés. Estos “amortiguadores” biológicos son transmitidos más tarde a la siguiente generación: los roedores y primates no homínidos biológicamente preparados para controlar el estrés tienden a cuidar mejor a sus propias crías, según Meaney y otros investigadores.
El placer de ser interrumpido
Las personas comen chocolate en pedacitos, saboreándolo de manera lenta, durante el día espacian sus cigarros, sus sesiones de chismes y las llamadas hechas a los amigos. Les gustan los deportes con entretiempos y practican su religión con ayunos y periodos de abstinencia, como la Cuaresma.
Entonces, ¿por qué considera la gente a las interrupciónes como algo malo?
Quizá no lo sean. En dos estudios nuevos, varios investigadores que estudian el comportamiento de los consumidores argumentan que interrumpir una experiencia, ya sea deprimente o placentera, puede volverla significativamente más intensa.
“El chiste es que los comerciales, incluso los malos, hacen que sea más agradable ver los programas de televisión”, dijo Leif Nelson, profesor asistente de marketing en la Universidad de California, en San Diego, y uno de los autor de la nueva investigación. “Cuando le digo eso a la gente, me miran con incredulidad”. Los hallazgos son, a la vez, inverosímiles y empíricamente coherentes”.




